¿Y si el monstruo fuera nuestra forma de mirar?


Frankenstein, El otro y Dentro de mí: tres lecturas para pensar la diferencia

Una criatura abandonada, sin nombre y rechazada por su aspecto aprende a hablar observando a otras personas desde la distancia. Cuando por fin intenta acercarse a ellas, apenas tiene tiempo de explicar quién es: la mirada de los demás se adelanta a su palabra.

Por eso Frankenstein puede tener mucho que decir en un curso sobre mediación lectora e interculturalidad.

Hay algo revelador en la forma en que recordamos esta historia: la criatura no tiene nombre propio y tampoco parece que lo hayamos echado en falta. Hemos adoptado el apellido de su creador para nombrarla o, sencillamente, la hemos reducido a monstruo, criatura, engendro o demonio. Antes de escuchar su voz, ya la hemos definido.

¿Qué podemos saber de alguien si solo lo conocemos a través de las palabras que otros han elegido para nombrarlo?


Cuando la mirada llega antes que la palabra

La criatura imaginada por Mary Shelley no nace convertida en monstruo. Observa, aprende, desea compañía y trata de comprender el mundo al que ha sido arrojada. Pero quienes la encuentran reaccionan ante su aspecto antes de escucharla. Su diferencia parece contener ya una explicación completa sobre quién es y de qué puede ser capaz.

Cuando por fin accedemos a su relato, la imagen construida hasta entonces comienza a resquebrajarse. Escuchar su voz no borra sus actos ni resuelve todas las contradicciones del personaje, pero impide que continuemos mirándolo de una sola manera.

Aquí aparece una cuestión fundamental para la mediación intercultural. Con frecuencia creemos conocer a una persona porque sabemos de dónde procede, qué lengua habla o a qué grupo pertenece. La diferencia se convierte en una etiqueta que parece explicarlo todo. Algo parecido puede suceder con los libros: antes de abrirlos ya hemos decidido que hablan de migración, racismo, identidad o acogida y, al presentarlos, anunciamos también la conclusión a la que debería llegar el grupo.
Pero leer no consiste únicamente en confirmar una interpretación prevista. Una conversación literaria puede permitirnos observar cómo se construyen nuestras primeras impresiones, qué voces consideramos legítimas y quién queda explicado siempre por los demás.


El otro: una posición que puede cambiar

Esta pregunta adquiere otra forma en El otro, escrito por Toño Malpica e ilustrado por Giulia Landonio, publicado por Diego Pun Ediciones.

El álbum construye dos planos narrativos que permiten aproximarse a la llegada de un niño desde posiciones diferentes. El texto y las variaciones de color de las imágenes acompañan ese desplazamiento. No contemplamos únicamente a alguien que llega a un lugar nuevo: también observamos a quienes ya estaban allí y las relaciones que comienzan a formarse.

Su mayor interés para una mediación intercultural no reside en que pueda utilizarse para transmitir una enseñanza sobre cómo debemos recibir a quien llega. Si lo reducimos a esa moraleja, corremos el riesgo de fijar de nuevo los papeles: de un lado, quienes acogen; del otro, quien necesita ser acogido.

El libro puede llevarnos un poco más lejos. ¿Quién considera diferente a quién? ¿El lugar del «otro» pertenece siempre a la misma persona? ¿Qué sucede cuando la historia nos permite desplazarnos de una mirada a otra?

La otredad no es una cualidad que algunas personas lleven consigo. Es una posición que se construye en la relación y que puede cambiar según quién observa, quién narra y quién tiene el poder de nombrar.


Dentro de mí, el territorio que los demás no ven

En Dentro de mí, escrito por Alex Cousseau e ilustrado por Kitty Crowther, el viaje no conduce al protagonista hacia un país desconocido, sino hacia su propio interior. Ese territorio íntimo aparece representado como un lugar que también puede recorrerse: tiene paisajes, dificultades, zonas oscuras y una capital situada en el corazón.

Si Frankenstein nos permite observar cómo alguien queda atrapado en los nombres que otros le atribuyen y El otro desplaza la posición desde la que miramos, Dentro de mí introduce una nueva pregunta: ¿qué distancia puede existir entre la persona que los demás creen conocer y aquello que está viviendo por dentro?


Las imágenes, poéticas y sombrías, no ilustran simplemente un repertorio de emociones. Construyen un espacio interior complejo, difícil de nombrar, en el que el protagonista trata de comprender qué le impide ser él mismo. La obra recuerda que una persona no es únicamente aquello que podemos observar desde fuera, pero tampoco lo que creemos saber por su procedencia, su lengua o la identidad que le atribuimos.

Esta dimensión amplía la mirada intercultural, aunque exige una cautela. No se trata de trasladar al interior de cada persona conflictos que también son sociales ni de pensar que el rechazo o la desigualdad pueden resolverse únicamente mediante el autoconocimiento. El mundo exterior deja huellas, pero el mundo interior no puede explicarse por completo desde fuera.


La interculturalidad no siempre está donde la buscamos

No solemos incluir Frankenstein en una selección de lecturas sobre interculturalidad. Sin embargo, pocas historias muestran con tanta claridad lo que sucede cuando una mirada convierte a alguien en extraño antes incluso de escucharlo. La dimensión intercultural de un libro no reside únicamente en el tema que aborda, sino también en las preguntas que abre sobre nuestra manera de mirar, nombrar y relacionarnos con quien percibimos como diferente.

Frankenstein permite conversar sobre el rechazo, la soledad, el derecho a tomar la palabra y las consecuencias de ser mirado como una amenaza. El otro nos invita a desplazar la perspectiva y a preguntarnos cómo se crea la diferencia dentro de una relación. Dentro de mí añade el territorio que no vemos: la distancia entre la identidad atribuida y la experiencia interior. Otras obras que aparentemente no hablan de diversidad pueden ayudarnos a pensar sobre las fronteras, la autoridad, la pertenencia, las desigualdades o quién tiene derecho a participar.

Por eso, quizá no necesitemos clasificar rápidamente un libro como intercultural. Puede ser más fértil preguntarnos qué mirada construye, qué voces hace audibles, cuáles permanecen fuera y qué conversaciones puede abrir en un contexto concreto.

La elección del libro importa, pero no actúa sola. También importan la manera de presentarlo, las preguntas que formulamos, lo que hacemos con las respuestas inesperadas y nuestra capacidad para acompañar una conversación sin decidir de antemano todo lo que debería suceder.


Cambiar el lugar desde el que miramos

Volvamos a la pregunta del título: ¿y si el monstruo fuera nuestra forma de mirar?

Lo monstruoso no siempre se encuentra en quien ha sido señalado como diferente. A veces está en una mirada que juzga antes de escuchar, en una palabra que encierra a alguien dentro de una categoría o en una historia contada de tal manera que solo una de las voces parece posible.

Leer desde una perspectiva intercultural no significa buscar continuamente personajes que representen al «otro». Significa preguntarnos cómo se fabrica esa distancia, qué mundos permanecen invisibles y qué puede ocurrir cuando cambiamos el lugar desde el que miramos.

Para seguir explorando:

Estas y otras preguntas atraviesan Mediación lectora e interculturalidad en contextos diversos. Caleidoscopio, una formación de El Sitio de las Palabras en la que exploramos criterios de selección, libros y prácticas para acompañar lecturas y conversaciones en aulas, bibliotecas y otros espacios culturalmente diversos.

Si quieres comenzar con una experiencia breve y práctica, puedes participar en la clase online ¿Puede un libro ser intercultural? Durante una hora compararemos dos álbumes ilustrados para observar qué mirada construyen sobre la diferencia y qué posibilidades de mediación ofrecen. La inscripción cuesta 5 €, incluye acceso a la grabación durante 48 horas y, si después decides continuar con Caleidoscopio, descontaremos esos 5 € del precio de la matrícula.

Porque la mediación intercultural no comienza cuando encontramos un libro que habla de «los otros», sino cuando una lectura nos obliga a revisar desde dónde los estamos mirando.

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Imagen de portada: Dentro de mí, Alex Cousseau y Kitty Crowther, El otro, Toño Malpica y Giulia Landonio, Frankenstein, Mary Shelley

2 Comentarios

  1. Mariana

    Hola! siempre me sorprende la forma en que nos permiten o invitan a mirar los textos con ojos nuevos. Todos muy interesantes. Saludos

    Responder
    • Amparo Benegas

      Hola. Gracias por leernos y por tu comentario. ¡Un saludo!

      Responder

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