Un final feliz para La Sirenita

Hoy celebramos el Día Internacional del Libro Infantil y Juvenil ¿Por qué el 2 de abril? Porque tal día como hoy hace doscientos diecinueve años nació en Dinamarca Hans Christian Andersen. Y para conmemorarlo, dedicamos esta entrada del blog a uno de sus cuentos más famosos: La Sirenita.

Hay un momento de mi infancia que recuerdo con claridad: el día en el que mi madre me regaló La Sirenita de Hans Christian Andersen. Era un ejemplar de tapa dura color azul pastel. En la portada una bella ilustración de aquella sirena que no se parecía en nada a la de Disney.  Una sirena menos infantilizada, desde luego, y mucho más cercana a la mitología que al dibujo animado.

Aquel primer impacto no hizo más que elevar mi curiosidad ¿Por qué aquella sirena era tan diferente de la que yo conocía? Entonces vinieron las palabras, exhaladas por la voz de mi madre. Y con ellas el asombro, la tensión, el desgarro y la tristeza ¿Cómo era posible que no hubiera un final feliz para la dulce sirena? Porque, sin duda, el final feliz implicaba que se casara con su príncipe amado ¿Podía, acaso, caber la felicidad en asumir su propio patetismo y aceptar otro rumbo en su vida?

Alice Munro cuando le entregaron el Nobel decía sobre La Sirenita:

«En cuanto terminé el cuento salí fuera y estuve dando vueltas y vueltas alrededor de mi casa. Inventé entonces un cuento con un final feliz, porque pensaba que La Sirenita tenía derecho a ser feliz»

Esto es algo que me ha hecho reflexionar profundamente, una pregunta que de forma periódica va y viene:

¿Es triste el final de esta heroína?

De Andersen decían que era él la propia inspiración de sus personajes: El Patito Feo, La princesa del guisante y también esa sirena desdichada que no es correspondida por el hombre al que ama.

«Todo lo que ves puede convertirse en un cuento de hadas y puedes convertir en historia todo lo que tocas» aseguraba el autor.

Andersen, tras un desamor, se refugió en la isla de Fynn y se embarcó en la escritura de La Sirenita, siguiendo la pulsión de su propio duelo. Y ese duelo le llevó a las profundidades, a su sombra, a esa parte del inconsciente que a veces solo se revela en sueños. No podemos obviar el simbolismo del mar, del agua y del baño en los cuentos de hadas: pueden resultar la entrada a un mundo mágico o al reino de las almas. Se relaciona con el inconsciente. Sumergirse en el agua, sería, por tanto, sumergirse en el inconsciente.

Marie-Louise Von Franz señala el baño como uno de los símbolos de redención de los cuentos de hadas. En algunos cuentos, la persona maldecida puede redimirse tomando un baño. Puede sumergirse en un recipiente con agua o que contenga otra cosa, por ejemplo, leche. Esto tiene un paralelismo con los ritos bautismales de la religión cristiana, aunque en muchas otras culturas se dan este tipo de rituales de limpiarse con vapor o agua. En general, como decía, el agua simboliza al inconsciente y sumergirse en ella y salir de nuevo parece tener una cierta analogía con penetrar en el inconsciente a efectos de purificar ciertos aspectos de la sombra que no pertenecen al sujeto, sino a su neurosis.

Las sirenas, por su parte, como poder acuático femenino, llevan al hombre hasta las profundidades de los sentimientos, de la emociones y del elemento irracional e intuitivo. Las sirenas habitan ese reino del inconsciente.

Un-final-feliz-para-la-sirenita

Foto: Leonardo De Carvalho

Muchos personajes de los cuentos cambian de apariencia, a veces por encantamiento, otras como cualidad. Las brujas son capaces de cambiar su apariencia. Se pasa de un estado inferior a otro superior. Cuando el héroe o heroína supera ese cambio de apariencia, se ha transformado en un ser superior, más sabio. Se produce el ciclo nacimiento, muerte y renacimiento hasta que el héroe logra trascender y vivir feliz por siempre jamás.

La Sirenita de Andersen, nuestra sirenita, esa que nos desvela a tantos, cambia de apariencia tres veces en este cuento: una movida por su deseo, pues quiere ser humana para casarse con el príncipe, pero también para conseguir un alma inmortal. El segundo cambio se produce cuando al ser incapaz de matarlo, se convierte en espuma de mar.  Es entonces cuando las hadas deciden ofrecerle una alternativa que le puede proporcionar estar cerca de esa alma que se le ha escapado de entre los dedos. Se produce entonces el tercer cambio.  El héroe, la heroína en este caso, no siempre consigue lo que desea. Pero eso no significa que su porvenir sea un fracaso.

Andersen fue desdichado, un patito feo, un soldadito que suspira por un amor no correspondido, una princesa que necesitaba ser vista y reconocida entre extraños. Volcó su dolor y sus pulsiones en sus cuentos, no cabe duda; se sumergió en ese reino del inconsciente con la sirena, se bañó en las aguas de su sombra y transitó los recovecos más escondidos de su psique. Pero ¿Acaso esa no era la forma de reescribir su propia historia de tristeza? ¿Acaso su legado no supone el más feliz de los finales?

Una vida dedicada a la infancia, seguramente para superar la suya propia. Un legado literario que construye muchas otras infancias, acompañadas o no, desdichadas o no.

«La mayoría de las personas que caminarán detrás de mí serán niños, así que haga el ritmo con pasos pequeños» dijo Andersen sobre la música para su funeral.

¿No es conectar con la infancia uno de los mayores éxitos vitales? Como esa sirena, que en lugar de casarse con un príncipe que no la quería, que, en lugar de dejarse arrastrar por la ira y el despecho, decidió entregarse a las hadas, al juego, a la magia a la imaginación. Como ese autor al que hoy conmemoramos, que convirtió su pena en historias y le dio a La Sirenita el mejor de los finales.

Anaïs Baranda Barrios

 

Puedes leer algunos cuentos de Andersen visitando el Centro Virtual Cervantes pinchando AQUÍ

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