Si hacemos el ejercicio de mirar nuestra estantería, ¿cuántos de los libros que encontramos fueron escritos originalmente en nuestro idioma y cuántos pasaron por las manos de una traductora que hizo posible que llegaran hasta nosotras?
Aunque muchas veces el fino trabajo de quien vuelve visible un texto en otra lengua, por paradójico que suene, puede acabar volviéndose invisible entre los nombres de autoras y autores reconocidos y las ilustraciones que capturan la atención, creemos que debería ocupar un lugar mucho más central.
Día Internacional de la Traducción
Hoy, 30 de septiembre, se celebra el Día Internacional de la Traducción y, a propósito de esta fecha, nos hemos hecho algunas preguntas: ¿qué implica traducir un libro de literatura infantil? ¿Es lo mismo que traducir uno para adultos? ¿Qué decisiones debe tomar la traductora de un libro álbum, en el que la imagen tiene un papel predominante? ¿Es lo mismo traducir narrativa que poesía? ¿Forma la traductora parte del proceso creativo?
Para homenajear esta profesión, a la que le debemos tanto, hemos querido entrevistar a Joana Morales, traductora de literatura infantil y juvenil con una amplia trayectoria, para que sea ella quien nos cuente qué ocurre en ese proceso silencioso y creativo que permite que un libro viaje de una lengua a otra, de un país a otro, de una cultura a otra.
Joana Morales, traductora de LIJ

Joana Morales Sabalete es traductora y correctora especializada en literatura infantil y juvenil. Entre los títulos que ha traducido se encuentran “Poetes”, “Històries a bon pas“,“El cel imaginat”, “La fàbrica de les preguntes”, “Narrar contes i altres històries” y “L’ocell de foc”. Ha colaborado con editoriales como A buen paso, A Fin de Cuentos, Bookolia, Juventud y Flamboyant.
Actualmente traduce del inglés al castellano y al catalán, y también trabaja entre estas dos últimas lenguas, que son sus lenguas maternas. Su trayectoria reúne sus dos grandes ámbitos de interés: la literatura y la infancia. Ha trabajado con libros ilustrados, narrativa, cómics, obras de no ficción y materiales educativos, prestando especial atención al ritmo, la voz y el tono de cada texto. En su manera de entender el oficio, tiene especialmente presente el público al que se dirige cada obra y, sobre todo, a las niñas y los niños que leerán o escucharán las historias que pasan por sus manos.
1. Gran parte de tu trabajo está vinculado al libro álbum, donde el texto comparte la narración con las imágenes. ¿Cómo influye esa relación entre palabra e imagen en tus decisiones como traductora?
Ante un libro álbum, en el que conviven dos códigos, el visual y el lingüístico, es vital captar el conjunto. Desde la lectura previa a la traducción, presto atención a la situación completa, porque ambas partes interactúan y eso repercute en cómo se interpreta la obra. A la hora de traducir, esto implica dejar el mismo espacio que en el original para la interacción entre la palabra escrita y las ilustraciones.
No se trata de explicar con palabras lo que muestra la ilustración, ni de hacer explícito lo que la autora o el autor del texto ha querido dejar abierto. El objetivo es que la persona que lee la traducción pueda hacer el mismo trabajo que la que lee el libro en la lengua original.
Al trabajar con libro álbum observo cómo interactúan los textos con las ilustraciones y también tengo en cuenta otros elementos visuales como las guardas o la cubierta, porque también se pueden utilizar para transmitir, ampliar o reforzar algún mensaje.
2. Has traducido relatos con registros muy diferentes. Algunos contienen muchísimo humor, como “Pots passar-me la pilota?” de Chayada (Hachette Editorial), otros con una escritura de carácter poético, como “Poetes” de Fernando Vásquez o “La fàbrica de les preguntes” de María José Ferrada (ambos de la Editorial A buen Paso). ¿Cómo encuentras la voz y el ritmo adecuados para obras tan diferentes?



Lo primero que hago cuando recibo la obra original es leerla atentamente y como un todo, teniendo en cuenta todos los elementos mencionados antes, y ver qué pide cada historia. Al traducir, busco que el texto provoque en la lengua de llegada un efecto equivalente al del original.
En libros con un fuerte componente humorístico, por ejemplo, el humor puede implicar alejarme bastante de la literalidad: jugar con los sonidos, adaptar un juego de palabras o encontrar una expresión que tenga el mismo efecto cómico.
Ante un texto más poético, presto mucha atención a la musicalidad, al ritmo, a las repeticiones y a la sonoridad. En estos casos, la traducción también tiene algo de recreación. Puede haber metáforas u otras figuras que quizá funcionan perfectamente en la lengua original pero que, trasladadas literalmente, no funcionan. Entonces hay que priorizar lo esencial que debe conservarse y buscar en la lengua de llegada los recursos que faciliten producir un efecto similar.
Para mí, leer el álbum traducido en voz alta es una herramienta fundamental, sobre todo en los textos más poéticos, porque permite detectar enseguida si una frase fluye o no, si una aliteración funciona, si el ritmo es el adecuado, etc. A veces una palabra que parece perfecta semánticamente no resulta apropiada porque rompe el ritmo de la frase o porque no tiene la musicalidad que necesita el texto y hay que cambiarla.
3. ¿Qué parte del proceso de traducción suele resultarte más compleja y cuál disfrutas especialmente?
Disfruto mucho de la primera lectura, descubrir la historia, los personajes, y empezar a captar el tono, el ritmo y todas las particularidades del libro.
En cuanto a las dificultades, a veces lo que parece sencillo no lo es. Los textos aparentemente simples o breves a veces esconden retos para la traductora. Al traducirlos, una frase puede estar bien traducida, pero puede resultar mucho más larga que la original, no sonar natural o perder la rima.
Paradójicamente, esa es una de las fases que más disfruto. Me gusta buscar y probar opciones y, sobre todo, el momento en que, después de darle muchas vueltas a una frase, encuentro la solución que por fin encaja.
4. En un momento en el que las herramientas de inteligencia artificial comienzan a intervenir en la traducción, ¿qué aspectos del oficio crees que solo puede aportar una persona? ¿Cómo imaginas que estas tecnologías transformarán el trabajo de quienes traducen?
Para traducir, especialmente textos literarios, no solo es necesario saber qué significan las frases o conocer las palabras equivalentes en la lengua de destino. En un texto poético, por ejemplo, se trata de escuchar cómo suena el original, qué emociones provoca, qué silencios marca y cómo dialoga con las ilustraciones.
Traducir literatura supone interpretar una obra, tomar decisiones y asumir una mirada. La traducción de un álbum implica leer la obra en su conjunto, interpretar la relación entre texto e imagen, captar la voz, el tono, el ritmo, el humor, etc. Opino que ahí la mirada, los conocimientos, la sensibilidad y la experiencia de quien traduce tienen un papel fundamental.
Leer profundamente, interpretar, decidir, revisar y cuidar la voz de cada obra son procesos que requieren la sensibilidad, la creatividad y el saber hacer de una profesional de la traducción, y de los cuales carece la IA.
5. ¿Qué has aprendido sobre la literatura infantil y juvenil a lo largo de tu recorrido como traductora? ¿Hay algo que ahora observes en un libro y que antes pasaba inadvertido para ti?
Traducir literatura infantil y juvenil me ha enseñado a mirar los libros con más profundidad. Es cierto que, por mi experiencia laboral anterior como maestra, ya entendía la importancia de la interacción entre lo visual y la palabra escrita, pero la traducción me ha mostrado la complejidad y la cantidad de decisiones que hay detrás de cada obra.
Los libros infantiles contienen un lenguaje aparentemente sencillo, pero detrás de esa sencillez se esconde la elección de cada palabra, repetición, silencio, cambio de ritmo…
Ahora también observo mucho más la relación entre todos los elementos físicos y visuales del álbum, como el diseño, la composición de la página o el paso de una página a otra.
Ante un libro, ahora me pregunto mucho más qué quiere contar, qué quiere sugerir y también qué está dejando en manos de la persona que lee. A la hora de traducir, soy consciente de esa confianza que el autor o la autora pone en quien lee y de que la traductora la debe mantener. Y no pierdo de vista a los niños y niñas que van a leer (o a quienes les van a leer) esos libros.
Agradecemos a Joana por su amabilidad para conversar con nosotras y por la labor tan esencial que cumple, traduciendo literatura infantil y juvenil. ¡Feliz día a todas las traductoras y traductores!






0 comentarios