A día de hoy, la definición de lo que entendemos por libro se ha ampliado muchísimo. Ya no pensamos el libro solo como un soporte físico para contener un texto, ni como una especie de recipiente donde se guarda una historia. Cada vez más, entendemos el libro como un objeto cultural con valor en sí mismo. Un objeto que también comunica desde su forma. Y esto, para quienes trabajamos o vivimos cerca de los libros, es algo precioso de observar.
En muchas publicaciones actuales la imagen ha cobrado un lugar fundamental. De eso se habla bastante (o, al menos, cada día más): de ilustración, de lectura visual, de cómo las imágenes también construyen sentido. Pero hay otro aspecto en el que quizá no siempre nos detenemos tanto y que es profundamente interesante: la materialidad de los libros.
El nuevo arte de hacer libros
El tipo de papel. Las tapas. Las costuras. El formato. Los pliegues. Los troquelados. El peso. La manera en que un libro se abre, se despliega, se guarda o se sostiene entre las manos. Todos esos elementos, si están bien pensados, aportan en la construcción de sentido. Son decisiones que artistas, editoras, diseñadoras, ilustradoras y creadoras toman de forma consciente para proponer una experiencia de lectura ampliada en la que el cuerpo adquiere un lugar protagónico. El sentido no se encuentra ya solo en las palabras, sino que radica también en el gesto de abrir una caja, de pasar una página con extremo cuidado, de desplegar un acordeón larguísimo sobre el suelo, de tocar una costura visible, de mirar a través de un recorte o de descubrir que una imagen continúa más allá de donde creíamos.
Ulises Carrión lo decía de una manera radical y hermosa en El arte nuevo de hacer libros: “un libro no es simplemente un estuche de palabras ni un saco de palabras, ni un soporte de palabras”. Su manifiesto, publicado en 1975, piensa el libro como una estructura, como una secuencia de momentos, espacios y signos. Para él, “un libro también puede existir como forma autónoma y autosuficiente”, más allá de las palabras.
Pero antes de Carrión ya había artistas experimentando con la forma-libro. El reconocido diseñador italiano Bruno Munari, por ejemplo, empieza en 1949 con sus Libri illeggibili, libros ilegibles en los que el papel deja de ser solo soporte del texto para convertirse en parte del mensaje. Los colores, los cortes, las transparencias, las secuencias, los tamaños, todo nos dice algo en estas creaciones. Así, el libro, su estructura y los materiales que lo componen proponen nuevos lenguajes que también se pueden leer. En realidad, estas experimentaciones con los materiales de los libros son una abierta invitación a cuestionar la idea tradicional de que la lectura es un acto puramente intelectual, que se debe realizar sentada, en completa abstracción del tiempo y espacio en el que sucede; y se amplía a una concepción sensorial y física, en la que leer requiere la participación de todo el cuerpo.
Cuando un libro se piensa desde su materialidad, la lectura cambia. Ya no se trata solo de pasar páginas de izquierda a derecha, ni de seguir una línea continua de texto. La diversidad de formatos implica también diversas maneras de relacionarnos con el libro. A veces tendremos que abrirlo, desplegar papeles que miden varios metros, sacar algo de adentro de una caja, girar nosotros alrededor del libro (o girar el libro), levantarlo, esperar, mirar de cerca, alejarnos. La lectura se vuelve una experiencia situada. Ocurre en un tiempo, en un espacio y con un cuerpo concreto.
El nuevo arte de ser autora y lectora de libros objeto
Cuando cambia la manera de leer, también cambia el rol que asumen las autoras y las lectoras en ese acto. Por un lado, la lectora de libros objeto —libros en los que la materialidad comunica—, deja de leer solo con los ojos y la mente, digámoslo así, para pasar a interactuar con los libros y poner a disposición de esa lectura el cuerpo completo. Por otro lado, la creadora de estas obras —que puede ser una sola persona, o un grupo editorial— no solo escribe y edita un texto, sino que diseña una experiencia de lectura.
Es habitual que sea una sola persona la autora que crea libros en los que la materialidad comunica. Porque la elección de cada pequeño detalle será crucial para el resultado final. En ese sentido, esta nueva creadora de libros no se ocupa solo de escribir un texto, como hemos dicho, sino también de decidir qué materiales va a usar, qué formato tendrá, cómo se va a abrir, cómo circulará, incluso cómo llegará a las manos de sus lectores. En las ferias de libros de artista o de editoriales independientes es común encontrar a creadoras vendiendo sus libros objeto, lo que implica un cambio también en la relación entre autora-lectora. Se vuelve más directa e íntima.
Pero las editoriales (o micro editoriales) no se quedan atrás. Las más audaces —y, a mi modo de ver, interesantes— se han atrevido a explorar formatos experimentales en el diseño de sus libros. De esta manera, en los últimos años se ha ampliado muchísimo el alcance de estos libros con el público general.
¿Qué hace que un libro objeto siga siendo un libro?
Esta pregunta aparece muchas veces, porque los límites se han expandido. A veces un libro se parece a una caja, a un juego, a un desplegable, a una instalación pequeña. Entonces, ¿cuándo seguimos hablando de libro y cuándo ya estamos ante otra cosa?
Una de las claves está en la idea de recorrido. Aunque no haya páginas tradicionales, tiene que haber algún tipo de lectura posible. Eso significa que algo se abra, se recorra, se despliega o se descubra. Hay un antes y un después de la lectura. Puede ser un recorrido lineal o no, puede ser libre, puede cambiar cada vez, pero hay una experiencia de lectura. Y como pasa con cualquier buena lectura, una no sale exactamente igual que como entró.
Si no hay un recorrido, podríamos estar ante una escultura, por ejemplo. Pero no un libro.
¿Qué puede comunicar la materialidad de un libro?
Depende muchísimo de cada obra. No creo que se trate de decir, por ejemplo, que un tipo de papel siempre significa una cosa, o que una costura siempre significa otra. Más bien habría que pensar cómo todos esos elementos dialogan entre sí dentro de una composición.
La pregunta no sería “qué significa este material” como si hubiese una respuesta cerrada, porque, por suerte, no la hay. El arte de los nuevos libros nos invita justamente a lo que más nos gusta a las lectoras: hacernos nuevas preguntas. A las que ya nos hacíamos antes cuando leíamos un libro tradicional, ahora podemos agregar otras como: ¿qué aporta esta elección material a la obra? ¿Por qué este formato y no otro? ¿Por qué esta caja, esta costura, este tamaño, este tipo de ilustración, este papel, esta forma de abrirse? ¿Cómo se relaciona todo esto con el texto, con las imágenes, con el ritmo de lectura, con el cuerpo de quien lee?
Para verlo con más claridad, quiero detenerme en algunos libros que me parecen muy bien construidos a nivel material y que están pensados para ser leídos y disfrutados desde la infancia o la juventud. Destaco la preposición “desde”, porque, como sabemos, la buena literatura infantil y juvenil puede ser leída y disfrutada también por las personas adultas.
Se trata de obras en las que la materialidad intensifica o amplía la experiencia de lectura, y sobre todo, comunica.
“La cita”, de Rebecca Dautremer (Edelvives Editorial)


“La cita” es una de las joyas más hermosas que tengo en mi librero de literatura infantil y juvenil. Así de simple. Es un libro de gran formato, horizontal rectangular, hecho de troquelados finísimos que lo vuelven una especie de libro-escultura, donde la historia que se cuenta tiene absoluta relación con los materiales y con la forma elegida.
En este libro, Jacominus, el conejo protagonista, está, literalmente, al fondo de la lectura. Y quienes leemos vamos avanzando hacia ese fondo. Al pasar las páginas, no solo pasamos páginas: atravesamos el libro. Leer aquí es atravesar.
Los troquelados hacen que sintamos físicamente ese trayecto. Vamos mirando a través de capas, cruzando espacios, descubriendo personajes, saludando vecinos, abriendo portones, avanzando por el camino con los ojos y con las manos. Y mientras tanto, en los textos breves de cada página, escuchamos a Jacominus que nos espera y nos apura, porque su barco está por zarpar.
También es un libro muy delicado, y eso me parece importante decirlo, porque su belleza está unida a su fragilidad. Al estar lleno de recortes tan finos, en manos muy pequeñas puede romperse fácilmente. Pero esa fragilidad también comunica: fragilidad, romance, espera, vulnerabilidad, amor, quizá todo eso sea parte de la experiencia vital de ir al encuentro de otro en una cita.
“En el bosque”, de Ana María Matute, con ilustraciones de Elena Odriozola (Editorial Libros del Zorro Rojo)


Este libro me parece un ejemplo precioso de cómo un texto que ya existía puede crecer muchísimo cuando se piensa desde otra materialidad.
“En el bosque” parte del discurso de ingreso de Ana María Matute en la Real Academia Española, leído en 1998. Es un texto bellísimo, lleno de imágenes, donde Matute habla del bosque como ese lugar simbólico de la infancia, de la imaginación, del miedo, de las sombras, de las criaturas y de todo aquello que para ella estuvo siempre tan ligado a su escritura.
La edición de Libros del Zorro Rojo transforma ese discurso en un libro objeto. Y eso ya me parece una decisión muy interesante, porque no se trata de un texto escrito originalmente para ser un libro objeto, sino de un texto que, al ser llevado a esta forma, adquiere otra intensidad.
El libro viene en una caja. Y esta decisión comunica. Una caja se abre para revelar un secreto, algo que ha sido guardado, que merece ser conservado. Tiene algo de baúl, de tesoro, de pequeño objeto precioso que una no quiere perder.
Dentro está el discurso, presentado en un pequeño cuaderno de apariencia artesanal, parecido a un pliego antiguo o un cuadernillo de imprenta. La tipografía, irregular y ligeramente gastada, recuerda a las letras de una máquina de escribir o a ciertos impresos antiguos, y eso le da al texto una materialidad cercana a la memoria, como si estuviéramos leyendo un documento que ha sido guardado por años para nuestro feliz encuentro. Asimismo, la cajita incluye unas tarjetas ilustradas, inspiradas en los populares mirioramas del siglo XIX, que permiten construir un bosque cambiante, un paisaje que puede ordenarse de distintas maneras.
¿No les parece que cada decisión aporta a la experiencia de lectura? El bosque de Ana María Matute, se presenta así, como una fuente inagotable. El bosque de la infancia, de la escritura, del misterio… un bosque que ahora no solo leemos, sino que habitamos.
“Abecedario del cuerpo imaginado”, de Mar Benegas y Guridi (A Buen Paso Editorial)

Este poemario de haikus, escrito por Mar Benegas, me parece una obra en la que todos los elementos conviven de una forma exquisita. Desde la materialidad ya hay algo que empieza a decirse. La encuadernación japonesa, con las costuras a la vista, nos trae a Japón y a toda su tradición a las manos, que es de donde viene el haiku.
Los haikus suelen asociarse a la observación del mundo natural, a la brevedad, al capturar pequeños instantes, a esa belleza que apenas pasa y ya se fue. En este libro, el cuerpo humano también se vuelve paisaje. El formato del libro es muy curioso: vertical rectangular (como un cuerpo), alargado y estrecho, lo que provoca que cada página esté llena de aire. Los haikus se ubican en la parte superior o inferior, dejando muchísimo espacio vacío, que Guridi completa con sus ilustraciones que son, al mismo tiempo, verdaderos poemas visuales. Así, los haikus parecen flotar en el silencio de cada página. Y nos damos cuenta que a veces la materialidad también comunica eso: silencio.
El silencio que requiere la poesía para que aquellos versos queden resonando.
“Un jardín”, de María José Ferrada e Isidro Ferrer (A Buen Paso Editorial)


“Un jardín”, de María José Ferrada e Isidro Ferrer, es un libro objeto que me gusta mucho porque convierte la lectura en un despliegue literal. Es un libro hecho jardín, un acordeón extensísimo de un metro ochenta de largo, que se abre poco a poco y que va invadiendo todo el espacio de la lectora.
La historia habla del señor Wakagi, que cada noche sueña con un jardín y cada noche se transforma en los seres que lo habitan. Se vuelve rana, conejo, zorro, lluvia, viento. El formato de acordeón hace que la lectura se vuelva continua, como cuando caminas a paso lento apreciando un hermoso jardín. Una empieza a abrir el libro y van apareciendo plantas, animales, formas, enredaderas, pequeños seres. Hasta que llega un momento en que el libro se extiende tanto que necesitas más manos para sostenerlo. Eso me parece una genialidad, porque el libro no solo habla de un jardín, se comporta como un jardín.
He visto cómo niñas, niños y adultos juegan a envolverse con él, a ponerlo alrededor del cuerpo, a entrar literalmente en ese jardín de papel. Y entonces es cuando se confirma lo que hemos venido diciendo: la lectura deja de estar solo delante, en la mesa, y empieza a estar alrededor, por encima o por debajo de nosotras. El libro construye un espacio.
Leer aquí es entrar en el jardín. Y esa experiencia material acompaña de una manera muy profunda lo que el texto propone, esa relación íntima con la naturaleza, de transformación y metamorfosis. El señor Wakagi aprende del jardín porque se vuelve parte de él. Y quienes leemos, al desplegar el libro, nos volvemos jardín también.
Algunos títulos más…
No puedo analizar en profundidad muchos libros objeto más, porque este artículo se volvería eterno, pero sí me gustaría mencionar algunos otros títulos, por si quien llegó a este punto tiene ganas de seguir descubriendo estos libros hermosamente raros:
-“Los números sensibles” de la editorial Burro Lector.
-“Amor” de Vanni, Editorial Niño Lector.
-“Cosas que vienen y van” de Béatrice Alemagna, Editorial Combel.
-“Juego de sombras” de Hervé Tullet, Phaidon Editorial.
–“Una pequeña semilla” de Mar Benegas y Neus Caamaño, editorial Akiara Books.
-“Nocturno. Recetario de sueños” de Isol, Fondo de Cultura Económica.
Leer con todo el cuerpo
Me interesa mucho pensar estos libros como obras que nos enseñan a leer de otra manera. Nos obligan a desacelerar, a mirar con más atención. Vivimos en un tiempo atravesado por pantallas, rapidez e inmediatez. Tal vez por eso —me gusta entenderlo así— estos libros nos resultan cada vez más necesarios. Porque nos devuelven a lo material, al gesto lento, a la presencia y al contacto físico.
En la mediación lectora, esto resulta especialmente relevante. Porque muchas veces hablamos de comprensión, de interpretación, de conversación en torno a los libros, pero quizá también necesitamos hablar más de la experiencia física de leer. De cómo un libro se entrega a las manos. De cómo una niña descubre que puede abrir una solapa y encontrar algo. De cómo un grupo se reúne alrededor de un desplegable. De cómo un libro delicado nos pide cuidado. De cómo una caja puede volver más misterioso un texto. De cómo una costura puede traer una tradición entera a la superficie.
Por eso me gusta decir que los libros, igual que nosotras, tienen su propio cuerpo y que no deberíamos olvidarnos de él —ni tampoco del nuestro— cuando leemos. Porque cuando el cuerpo del libro y el cuerpo de quien lee se encuentran, cuando dialogan en ese acto de lectura material y situada, ocurre algo que no puede repetirse del mismo modo dos veces. Nos encontramos ante una experiencia de lectura siempre única.
En un mundo donde casi todo parece volverse rápido, virtual, desechable, igual para todas, desplazable y descartable con un dedo, estos libros nos recuerdan que leer es una experiencia a tierra. Una experiencia de cuerpo, de materiales, de tiempos, de espacio, de contacto con otras personas, de conversación directa con creadoras y lectoras.
Leer es estar.
¿Sigamos hablando de libros, papeles y recortes?
Como ya te habrás dado cuenta, me parece absolutamente fascinante las posibilidades comunicativas de los materiales en los libros. Por ello, una de mis grandes pasiones es la creación de collages y publicaciones experimentales. Durante el mes de junio, realizaré el Curso de Bolsillo “Collages y fanzines para mediación creativa” en El Sitio de las Palabras. Si eres mediadora de lectura, docente o simplemente una curiosa de estas rarezas hermosas, te invito a ser parte. ¡Ojalá verte allí!






Que mirada mas interesante!
Gracias por acercarnos a este tipo de lectura con los sentidos!
¡Muchísimas gracias a ti por leer! Un abrazo.
Muchas gracias por explicar el concepto de libro objeto y de poner ejemplos para poderse empapar más de lo que es. Hasta me dieron ganas de hacer uno!
Muchas gracias a ti por leer. ¡Y qué alegría saber que te dieron ganas de hacer un libro objeto! Pues a intentarlo 🙂
Me sorprende , poder encontrarnos con mensajes tridimensionales , con colores , texturas, tamanos, seran tambien olores ? Formas que nos llevan a pensar el texto, desde nosotros , desde nuestra historia y desde otros lugares .
Muchas gracias por compartir las imagenes de estos libro objetos , que dan ganas de tenerlos entre las manos .
El autor abre mas informacion al lector , y este al recibirlo puede crear su monto infinito.