El libro era una excusa

Mientras leíamos Cómo meter una ballena en una maleta, de Guridi, una niña levantó la mano.

Pensé que quería comentar alguna de las imágenes o hacer una pregunta sobre la historia. Pero no quería hablar del libro. Quería hablar de su abuela. Alguien más contó que se había mudado de ciudad. Otro recordó una despedida. Una tercera niña habló de una palabra que escuchaba en casa y que nadie más conocía.

Cuando terminó la sesión, apenas habíamos hablado de la historia que yo había preparado y, sin embargo, había ocurrido algo importante.

Muchas veces hablamos de los libros como si fueran herramientas capaces de producir determinados efectos.

Este libro fomenta la empatía.

Este ayuda a comprender otras culturas.

Este trabaja la inclusión.

Como si la transformación estuviera contenida en las páginas y bastara con ponerlas delante de un grupo para que ocurriera algo. La antropología lleva décadas recordándonos algo aparentemente sencillo: las personas no construimos significado en soledad. Lo construimos con otros. En las conversaciones, en los rituales, en las celebraciones, en los conflictos y en las historias que compartimos.

Sin embargo, cuando hablamos de lectura, a menudo seguimos imaginando un encuentro íntimo entre un lector y un libro. Quizá por eso hablamos tanto de libros que fomentan la empatía, enseñan valores o ayudan a comprender al otro. Pero la práctica de la mediación acaba revelando otra cosa: que muchas veces lo más importante no ocurre dentro del libro. Ocurre alrededor de él. En las conversaciones inesperadas que surgen entre lectores, en los recuerdos que despiertan algunas imágenes, en las experiencias que alguien se atreve a compartir o en la oportunidad de escuchar una historia distinta a la propia.

Porque aquella tarde no fue el libro quien habló de la abuela, de las mudanzas o de las palabras heredadas. Fueron quienes participaban en la actividad. Y quizá ahí estaba ocurriendo lo verdaderamente importante, porque, en el fondo, el libro era una excusa.


El mito del libro transformador

Seguimos buscando el libro adecuado.

El libro que va a conseguir algo.

Comprender mejor.

Cambiar de opinión.

Aprender algo nuevo.

Emocionarse.

Buscamos historias que derriben prejuicios, personajes con los que identificarse o relatos capaces de enseñarnos a mirar el mundo desde otra perspectiva. Y, aunque hay algo de verdad en todo ello, la experiencia nos muestra una realidad bastante más compleja. Dos personas pueden leer el mismo libro y salir de él con preguntas distintas. Dos grupos pueden compartir una misma historia y mantener conversaciones completamente diferentes. Incluso una misma lectura puede generar reacciones distintas según el momento, el lugar o las personas que participan en ella.

Los libros importan, por supuesto. Importan las historias que cuentan, las voces que incorporan, las preguntas que plantean y también los silencios que dejan entrever, pero quizá el sentido de una lectura no se encuentre únicamente en el texto.

Se construye también en la relación.

Entre quienes leen.

Quienes escuchan.

Y quienes se atreven a compartir algo de sí mismos a partir de una historia.

He visto a niños discutir durante largos minutos sobre una ilustración que apenas ocupaba media página y a lectores detenerse en un detalle que yo ni siquiera había considerado importante. Y he visto cómo una conversación sobre una maleta acababa convirtiéndose en una conversación sobre su abuela. También he visto surgir conversaciones profundas a partir de libros que no hablaban explícitamente de diversidad, migración, inclusión o del tema que yo había previsto abordar.

Han aparecido alrededor de una ballena dentro de una maleta, cuando los recuerdos importantes comenzaron a ocupar más espacio que la propia historia. Han surgido leyendo Érase una vez y mucho más será, de Johanna Schaible, cuando un grupo de niños refugiados se detuvo a hablar del tiempo. Del pasado, del presente y del futuro.

Me sorprendió descubrir que casi todos elegían quedarse ahí, en lo que todavía no había ocurrido.

No les pregunté por qué, y quizá fue mejor así. Porque algunas observaciones son más interesantes cuando permanecen abiertas.

¿Será porque el futuro todavía está por escribir?

¿El pasado duele?

¿El presente resulta demasiado incierto?

¿O simplemente porque imaginar es, a veces, más sencillo que recordar?

No lo sé.

Lo único que sé es que aquella conversación no estaba en el libro, nació entre quienes lo compartían.

Y las he encontrado también en encuentros alrededor de un poema de Con mucho gusto, de Mar Benegas y Rosa Ureña, cuando una palabra, un sabor o una imagen despertaban recuerdos completamente distintos en cada lector.

Los libros eran diferentes, las conversaciones también, pero en todos los casos ocurrió algo parecido: el sentido no estaba únicamente en las páginas. Se construía entre quienes las compartían.

Y he visto actividades cuidadosamente diseñadas alrededor de libros destinados a «trabajar valores» que apenas consiguieron abrir un verdadero diálogo.

Quizá porque los libros, por sí solos, no transforman, lo hacen las experiencias que construimos alrededor de ellos.

La conversación.

La escucha.

La posibilidad de disentir.

La oportunidad de reconocer algo propio en la historia de otra persona.

Los libros importan, pero no porque contengan significados, que también, pero sobre todo importan porque crean las condiciones para compartirlos.

Sin embargo, seguimos utilizando expresiones que atribuyen al libro una capacidad casi mágica. Pero entre el libro y el lector siempre ocurren más cosas. La conversación, las preguntas, la lectura compartida, el contexto y la mediación son también parte de esa experiencia. Son el puente entre el libro y la reflexión, la mirada crítica, la subjetividad o la curiosidad. Y esa diferencia, que puede parecer pequeña, cambia por completo nuestra manera de entender la mediación lectora.

Porque desplaza la atención del objeto a la relación.

Del mensaje al encuentro.

Del libro a las personas.

Para seguir pensando: Mediación lectora e Interculturalidad. Caleidoscopio, un curso de El Sitio de las Palabras en el que exploramos cómo acompañar lecturas y generar conversaciones en aulas, bibliotecas y otros espacios culturalmente diversos, sin imponer interpretaciones ni convertir la diferencia en una simple representación.

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Imagen de portada: Rosa Ureña, del libro Con mucho gusto (Bookolia).

6 Comentarios

  1. Isabel Cobo

    Qué interesante. He leído el articulo sin pestañear, como si la autora -Amparo Benegas- fuera poniendo palabras certeras y precisas a lo que siento y pienso sobre la actividad de leer con niños y niñas. Me interesa la formación en mediación lectora. He visto que el primer taller coincide con mi mudanza, pero confío en poder asistir al próximo. Muchas gracias.

    Responder
    • Amparo Benegas

      Muchas gracias por tus palabras. Me alegra que el artículo haya conectado con experiencias y reflexiones que ya formaban parte de tu manera de entender la lectura compartida. Espero que podamos coincidir en la próxima formación. ¡Un abrazo y gracias por leerlo!

      Responder
  2. María L C

    Me ha encantado este post. Gracias.

    Responder
    • Amparo Benegas

      ¡Muchas gracias! Me alegra mucho que te haya gustado. Gracias a ti por leerlo y por dejar tu comentario.

      Responder
  3. Mariana

    Hola a todos,me ha gustado mucho este post, porque esto es muy cierto, nos sucede con los chicos…el libro es una excusa, a veces,como lo dices ahi. el libro o la mediacion son los espacios vacios que nuestros niños desean llenar…es un espacio donde puedo hablar sin temor, donde puedo compartir mi experiencia y es increible como los demas compañeros apañan esas historias que nada tienen que ver con lo leido o narrado…que bueno que lo han planteado aqui. Pense que solo me pasaba a mi, la biblioteca es sin dudas ese lugar magico donde todo puede ocurrir y donde todos estamos seguros…a salvo, porque somos escuchados y siempre nos vamos con algo mas,siempre. Y eso alivia a nuestros pequeños lectores. Finalmente,todos nos nutrimos con estas experiencias. Muchas gracias.

    Responder
    • Amparo Benegas

      Muchas gracias por compartir una reflexión tan bonita. Me ha gustado especialmente esa idea de que pensamos que estas cosas solo nos pasan a nosotras, cuando en realidad forman parte de la experiencia de muchas personas que leen y median con niños y niñas. También comparto esa imagen de la biblioteca como un lugar donde pueden aparecer conversaciones inesperadas y donde todas las voces encuentran un espacio. Gracias a ti por leerlo y por compartir tu experiencia.

      Responder

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