CUERPO, PALABRA, LIBRO: EL BEBÉ Y EL MUNDO

  • (O sobre cómo nace una colección de libros para bebés)

“La conciencia se refleja en una palabra como el sol en una gota de agua. Una palabra es a la conciencia lo que una célula viva al conjunto de un organismo, lo que un átomo al universo. Una palabra es un microcosmos de la conciencia humana ”.

Pensamiento y lenguaje. Vigotsky.

Cuando un bebé llega al mundo es una cajita llena de maravillas, trae consigo una lista interminable de milagros que va dejando entrever, que van apareciendo y sorprendiéndonos a medida que avanzan los meses. Cada novedad se convierte en una celebración, algarabía tras otra, a medida que la cajita se abre y el bebé comienza a relacionarse, poco a poco, con el mundo. Todos los días son una fiesta: cuando sonríe, cuando nos mira, cuando se duerme ahíto, cuando intenta agarrarnos con sus manos torpes…

Nos acercamos al bebé, lo miramos, le hablamos, muy cerca, para que nos vea bien y aprenda quién es, que es independiente al otro, que tiene una individualidad, que tiene un cuerpo, que vaya tomando conciencia, y es así cómo se hace: a través de nuestra voz y nuestra imagen. Los vamos bañando en palabras y gestos, tocando su cuerpo y nombrándolo, dándoles su lugar en el mundo a través de nuestra voz, el afecto, el tacto, y nuestra atención y presencia (vista). Sería, tal vez, el secreto de una vida feliz tener bien presentes estos elementos.

Hay tesis1 probadas que demuestran que el ser humano puede aprender a comunicarse (aun sin estar cerca de otros seres humanos), como se ha comprobado con algunos niños salvajes, criados entre animales o privados de contacto y comunicación con otras personas. Sobrevivir y comunicarse usando otros códigos. Porque llevamos, genéticamente impresa, la capacidad de comunicarnos. Y esta capacidad, como especie débil y sin otras posibilidades de supervivencia (ni fuerza, ni garras para cazar, ni piel dura para protegernos, ni alas para volar…) es lo único que nos ha permitido llegar hasta el presente.

Tal vez por esto, por una cuestión de mera supervivencia de la especie, uno de los hitos más celebrados en la vida de un bebé recién llegado será el día en que se dé esa primera comunicación. Ese en que el bebé levanta su mano ante el “cinco lobitos” o se cubre la cara con el juego de “cucutrás”: cuando el bebé responde a estos estímulos, cuando responde y se comunica con nosotros.

EL LIBRO ROJO: Te cuento que existe un loro, / es muy rojo y yo lo adoro, / además canta en un coro. / ¿Es rojo el color del loro?

EL LIBRO ROJO: Te cuento que existe un loro, / es muy rojo y yo lo adoro, / además canta en un coro. / ¿Es rojo el color del loro?

Te cuento que hay un ovillo / que es de color amarillo: / ¡parece un sol con su brillo! / ¿Será rojo o amarillo?...

Te cuento que hay un ovillo / que es de color amarillo: / ¡parece un sol con su brillo! / ¿Será rojo o amarillo?…

 

Las personas adultas tenemos una responsabilidad gigantesca al ser portadores del lenguaje, les damos la palabra para nombrar el mundo y habitarlo, pero también para ser y crecer. Y, por supuesto, la posibilidad de ser y crecer con el otro a través de la comunicación (la palabra y el lenguaje como sus herramientas, los símbolos y códigos como la materia prima).

Es un camino casi infinito y maravilloso el de la adquisición y dominio del lenguaje hablado. Y el de la maravilla que significa poder representar (mental y gráficamente) los símbolos con la lectura y la escritura, porque, a través de ellos, representaremos el mundo, o podremos cambiar o crear otras realidades. Es así, con estos elementos, como se trazan nuevos mapas mentales, y se marcan y conquistan nuevas rutas neurológicas. Es esta capacidad de comunicación, de habla y de creación a través de la palabra y el lenguaje, lo que nos ha brindado la posibilidad de imaginar, de crear de la nada, de sobrevivir o de ser capaces de atravesar el mar, de volar por el cielo o, en primera instancia y en la primeras etapas, madurar para no depender del otro. El pensamiento nace de la palabra.

Damos la palabra a nuestros bebés y con ella, sin ser conscientes de ello, les damos todas lasposibilidades de transformar, crear, defenderse y sobrevivir. Pero parece que esto no es importante. En lugar de respetar el ritmo natural y pausado de los procesos madurativos sensoriales (voz, tacto, manipulación, oído, vista…) la tendencia es, en la actualidad, la sobreestimulación visual y auditiva de los bebés.

Esto es un… ¿¡libro!?

 

Procesos de aprendizaje tan fascinantes como necesarios siempre deberían pasar por lo sensorial y la experimentación real, pero, sobre todo, por la presencia, la escucha y el afecto. La calma y el ritmo sosegado y afectivo de la voz son sustituidos por pantallas, dispositivos, juguetes u otros manipulables (no los llamaré libros) que producen ruidos estridentes y son visualmente provocadores.

Búsqueda de libros para bebés en Google

Y en lugar de colores suaves, pocas palabras y siempre acompañadas de la voz afectiva, algunos artilugios parecen los mandos de una nave espacial. Y después decimos que los niños y niñas no son capaces de prestar atención, de profundizar. Yo me pregunto ¿es necesaria tanta fanfarria?, ¿somos las personas adultas capaces de prestar atención, de profundizar?, ¿dónde nace y radica el problema?

Hace no mucho vi una cosa que me dejó realmente espeluznada y me sirvió para reflexionar largamente sobre el asunto sobre el que escribo hoy. Un portabebés (que portaba una bebita de meses) que llevaba incrustada, en el asa de agarrar (justo a la altura del campo visual de la bebita que habitaba la silla), la pantalla de una tablet. Allí, omnipresente, mucho más que el cielo, las nubes o los pájaros.

Una pantalla  con dibujos y música horrorosa sustituyendo el contacto afectivo con con una persona que cubra esas necesidades. Me pareció una imagen clarificadora que incidía en este mal tan de nuestro días: conectados a las imágenes líquidas pero desconectados del otro y de nosotros mismos. Ya. Tan bebé que era.

Más.

Y recordé ese libro de tela que me regalaron y que cuento y recuento a bebés, pero también a niños y niñas de hasta 7 años (porque la infancia no se termina). Que tanto adoran y tanto gusta. Páginas de tela blanca y un elemento de color en el centro, un pequeño peluche oso y la magia de la voz contando. Eso es todo lo que se necesita y los ojos de los bebés se detienen: ahora sobre el oso, ahora la bañera, ahora sobre la canción: “con el agua y el jabón, así me lavo, me lavo yo…” Y página a página vamos pasando por las diferentes escenas: fondo blanco, suave, sin demasiados estímulos y otra imagen sencilla, nada de estridencias. De este modo, los bebés, esos mismos que decimos que no mantienen la atención, atienden la historia. Siempre con alguna rima, con algún elemento para “encantar” (encantar, que viene de canto). Y sí, a pesar de lo mal que lo hago -cantar, digo- cuando nos damos cuenta han pasado 45 minutos. Y yo me pregunto si no será que lo que les “encanta” es ese todo de voz, el contacto cercano, visual (persona/bebé) que se conjuga con la calma, con la exploración sensorial y con la manera que tienen los pequeños, de relacionarse con el mundo.

Dar la palabra y dejar vivir con calma el proceso. Dar el canto, encantar, ofrecer nuestra voz afectiva, para que el bebé construya su lugar en el mundo. Vivir necesita tiempo de adaptación pero, sobre todo, necesita la presencia del otro que nos muestre cómo, que nos cante y nos acune, que nos diga y nos ofrezca el lenguaje desde el afecto y el contacto.

Construir la memoria, los recuerdos que se tejen desde esa presencis y nuestra voz ofreciendo una escalera para crecer. Tomar con las manos los objetos, pocos pero contundentes, que representen el mundo para comenzar a manipularlo. Y esos objetos que son los primeros símbolos que representan una realidad todavía ingobernable, serán con los que podemos comenzar a imaginar, a encontrar un lugar y a situarnos en la vida.

De todas esas reflexiones surge una idea poderosa que va tomando forma. Y de la necesidad de darle lugar a esta idea nace la serie de libros “Cocolor”.

Libros pensados para bebés, donde pueda suceder que la voz, el canto y el juego, acompañen la representación primera del mundo. El libro como objeto de apego, como juguete, como figura de atención que se asocie al afecto de la voz que lo cuenta. Recitar y encantar al bebé.

El libro como un juguete, como un objeto amigable, amable que puede ser tocado, observado, mordido y que será digno de ser “amado”. Sin más estímulo que el propio libro y la voz que lo puede acompañar. Sin imágenes, porque la imagen, aquí, es el propio libro. “Cocolor habla del color y es el color el que habla. Con el juego y desde el amor.

 

Un libro en el que el bebé mira, abre, cierra, toca, muerde, escucha, siente, tira, vuelve a mirar… Así aprende, así vive y participa del mundo. “El libro rojo” y “El libro azul” están pensados para eso: son objetos llamativos y altamente manipulables. Como una pelota, un juguete de madera, una cuchara… Así están pensados. Sencillos y atractivos a los ojos de un bebé. La colección Cocolor nace como una pequeña colección de libros objeto para bebés.

Los bebés, de cero a tres años, necesitan estímulos concretos y escasos, para poder llegar a centrar la atención. Para llegar a interiorizar, para generar imágenes y pensamiento autónomo. Por eso, pocos estímulos pero poderosos, sencillos y sin excesos. Vista y tacto.

 

Tacto y escucha. ¿Gusto?, seguro que también estos libros serán catados, mordidos y besados. Y así, poco a poco, una cosa, después otra, y repetir muchas veces. Sus pequeños cuerpos, sus mentes recién llegadas han de realizar un esfuerzo muy grande para aprender tantas cosas que les rodean. Por eso, Cocolor no tienen dibujos, porque los colores son los protagonistas, el objeto-juguete libro propone un juego visual y táctil. Un juego afectivo para interiorizar los colores, tocarlos, canturrearlos o, incluso, morderlos.

EL LIBRO AZUL Te cuento que hay un iglú / donde vive un pez azul / que te dice: glu-glu-glu. / ¿Es azul el pez azul?

Te cuento que la serpiente / tiene dientes y es muy verde, / cuando me encuentra me muerde. / ¿Será azul o será verde? …

 

La voz que recita y cuenta, página a página: rojo, azul, amarillo, verde, hasta que el juego se completa cuando el bebé adquiere la madurez necesaria. Así, los colores irán tomando forma y sentido para nuestros bebés. Hasta participar activamente en el juego y reconocer los colores, igual que aquel día que levantó la manita al cantarle los “Cinco lobitos…”

Libros para ser tocados, mirados, escuchados y sentidos por los bebés. Ritmo y voz, tacto y oído. Amor y experimentación. Jugar. Jugar y compartir.

FICHA-COCOLOR

LITERA LIBROS:

LIBRO ROJO

LIBRO AZUL

—-

1Gabriel Janer Manila, catedrático, antropólogo y pedagogo, postula en sus numerosos trabajos, en su tesis doctoral y en su ingente y continuada investigación al respecto; que una persona podría comuncarse con otras especies de no tener seres humanos cerca. Como fue el caso de Marcos, el niño salvaje, con el que trabajó durante años y realizó su tesis doctoral. Marcos fue vendido por sus padres a un pastor de cabras que luego murió. Tras haber aprendido a hablar, y con siete años, movido también por el abandono afectivo, dejó de hablar y pasó a comunicarse únicamente con su nueva familia: los lobos de Sierra Morena. Janer dedicó muchos años a evaluar y recorrer el camino que el lenguaje y la comunicación habían transitado en la mente y las relaciones de este niño. Cuando fue devuelto al mundo civilizado Marcos recuperó el habla pero la destreza para lectoescritura no llegó a adquirirla nunca más que de una manera muy rudimentaria.

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