5 claves para volver a leer con ojos de infancia

Una invitación a soltar la mirada adulta y cinco libros recomendados


Leer el mundo no consiste solamente en interpretar lo que sucede: también implica decidir desde dónde miramos y con qué delicadeza dejamos que nos afecte. Durante años hemos habitado la ficción de que los adultos comprendemos mejor, que nuestro punto de vista es el más completo, razonable y legítimo. Sin embargo, basta observar cómo lee la infancia, cómo escucha, cómo pregunta, cómo se acerca al misterio sin exigir respuestas inmediatas, para que esa certeza empiece a resquebrajarse.


La infancia aún no carga con muchos de los sesgos culturales que condicionan nuestra mirada adulta: no parte de prejuicios heredados ni de lecturas preformateadas, ni de ese impulso por clasificarlo todo. Su lectura del mundo es más abierta, más honesta, más permeable. Y, sobre todo, más consciente de su propia subjetividad: la infancia no pretende mirar desde un lugar neutro ni total, sino desde su propio cuerpo, su propia emoción, su propia experiencia. Esa sinceridad, no domesticada aún por la exigencia adulta de objetividad, abre puertas de sentido que a menudo dejamos de ver.


Su lectura es encarnada, situada; una subjetividad abierta que nombra, olfatea, imagina y recuerda. Y en ese modo de mirar, tan libre de neutralidad forzada, hay una forma de verdad que a veces preferimos no reconocer. Por eso autores como Evelio Cabrejo insisten en que los niños no solo leen la realidad: la habitan con una sensibilidad que los adultos vamos perdiendo; y Juan Kruz Igerabide recuerda que el lenguaje poético, ese que juega, respira y descoloca, es profundamente afín a su forma de estar en el mundo.


Leer con la infancia es un ejercicio de descolocamiento. No porque los niños “entiendan menos”, sino porque miran desde un lugar al que los adultos ya no sabemos regresar: un territorio donde lo simbólico, lo sensible y lo imaginado conviven sin jerarquías. El adultocentrismo, en cambio, nos empuja a corregir, dirigir y traducirlo todo. A creer que somos nosotros quienes enseñamos.


Pero basta detenerse en un álbum ilustrado para descubrir que la infancia no solo lee: nos lee. Nos devuelve preguntas que creíamos resueltas, ilumina zonas donde ya no mirábamos, abre sentidos que dábamos por perdidos.

Desde ahí nacen estas cinco claves acompañadas de cinco álbumes que conversan con la infancia, para ensayar otra forma de leer: más porosa, más lenta, más disponible.


1. Escuchar antes de explicar

La infancia lee el mundo desde la escucha: primero siente, luego pregunta y solo después intenta entender. Esa secuencia, tan sensorial, tan honesta, es justo la que a los adultos más nos cuesta sostener. Vamos con prisas, con respuestas listas, con la tentación permanente de ordenar el mundo antes incluso de haberlo escuchado. Pero la escucha infantil nos recuerda que comprender no es imponer un significado, sino permitir que algo nos afecte. Escuchar es una forma de disponibilidad: abrir una puerta para que el otro, persona, historia, imagen, entre con su propio ritmo y su propio lenguaje. Cuando escuchamos sin adelantar conclusiones, algo del adultocentrismo empieza a resquebrajarse.

Por cuatro esquinitas de nada (Jérôme Ruillier) lo muestra con claridad: cuando los adultos dejan de imponer la norma y escuchan otras soluciones, todo encaja. La escucha no es pasividad: es apertura.


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2. Habitar lo indecible

La infancia no necesita nombrarlo todo para comprender: reconoce antes de definir. Se mueve con naturalidad en ese territorio donde las cosas todavía no tienen palabras, pero ya están vivas. Para un niño, lo indecible no es un vacío, sino un espacio fértil: un rumor que invita a acercarse sin prisas. Los adultos, en cambio, solemos rellenar ese silencio con etiquetas, como si el significado solo existiera cuando está fijado. Pero la lectura infantil nos recuerda que hay verdades previas al lenguaje, impresiones que se sienten antes de poder explicarse. Habitar lo indecible es abrirse a ese lugar vulnerable y poderoso donde el sentido empieza a formarse sin necesidad de cerrarlo enseguida.


Versos como una casa (Mar Benegas y Francisca Yañez) trabaja precisamente esa manera de leer: poemas que son habitaciones, luces, ecos y silencios que se sienten antes de explicarse. Nos invita a entrar en el lenguaje como quien recorre una casa desconocida, dejándose guiar por lo que vibra.
La infancia entiende ese territorio sin esfuerzo: sabe que lo que aún no tiene nombre también existe, también habla.


3. Mirar desde la altura del juego

La mirada infantil se despliega desde el juego, y el juego no es frivolidad: es pensamiento en movimiento. Es una forma de examinar el mundo sin la tensión de tener que llegar a una conclusión. Desde esa altura, más baja, sí, pero infinitamente más abierta, las cosas se vuelven permeables, transformables, casi negociables. La infancia juega para comprender, para ordenar lo que no entiende, para probar otras versiones de lo real. Nosotros, en cambio, solemos mirar desde la gravedad: necesitamos certezas, estructuras, explicaciones. El juego infantil nos recuerda que muchas ideas solo aparecen cuando aflojamos la seriedad y dejamos que lo lúdico haga su trabajo.


Murdo. El libro de los sueños imposibles (Alex Cousseau y Éva Offredo) lo encarna: su humor absurdo y su lógica lateral son una provocación deliciosa contra la rigidez adulta.


4. Aceptar que también aprendemos de la infancia

El adultocentrismo insiste en que el saber siempre desciende, como si aprender fuera un flujo unidireccional: del adulto al niño, nunca al revés. Pero la infancia desmiente esa ficción cada día. Siguiendo a Evelio Cabrejo, que cuestiona la idea de un aprendizaje jerárquico y reivindica la potencia simbólica de la palabra en los primeros años, podemos reconocer que los niños no solo reciben: también interpretan, reelaboran y devuelven el mundo con una lucidez que a menudo perdemos al crecer. Su manera de preguntar, de conectar lo que aparentemente no tiene relación, abre puertas que el pensamiento adulto deja cerradas por costumbre. Aprender de la infancia no es una concesión: es una necesidad epistemológica.

La gran pregunta (Wolf Erlbruch).
En él, cada respuesta nace de una voz distinta, pero es la mirada infantil la que enlaza todas las posibilidades, la que ilumina el sentido.
Aquí no hay jerarquías: lo que los niños preguntan, escuchan y devuelven nos obliga a aprender de nuevo.


5. Leer sin buscar moralejas

La infancia lee desde el asombro, no desde la utilidad. No exige enseñanza inmediata ni aplicación práctica: se deja atravesar por lo que una historia despierta, sin pedirle que cierre el sentido. Nosotros, educados en la eficacia, en la interpretación correcta, en el “¿y esto qué enseña?”, solemos amputar la experiencia poética con demasiada rapidez. Pero la lectura infantil nos recuerda que no todo relato necesita moraleja: a veces basta con acompañar una emoción, habitar una duda o quedarnos un rato en lo que no comprendemos del todo. Leer sin moraleja es leer sin urgencia, sin domesticar lo que aparece.


El pato y la muerte ((Wolf Erlbruch) demuestra que se puede hablar de lo esencial sin domesticar la experiencia: no ofrece moraleja, solo una mirada honesta.
Y es justamente esa honestidad la que permite que la lectura siga abierta.

Desmontar el adultocentrismo supone revisar nuestras propias certezas: escuchar más y explicar menos, aceptar la ambigüedad, mirar desde el juego y reconocer que también aprendemos de la infancia. Necesitamos incorporar la mirada infantil. No porque sea tierna, sino porque es otro modo de saber que amplía el nuestro. La literatura infantil abre un espacio para ensayar esa transformación, donde la palabra y la imagen dialogan sin prisas y sin jerarquías.

Volver a leer como la infancia no es regresar atrás, sino abrir un presente más sensible, más atento y menos autoritario.

Amparo Benegas Ortiz

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Imagen de portada: del libro Versos como una casa. Mar Benegas y Francisca Yañez.

1 Comentario

  1. Liana Fornier De Serres

    Hola: es el segundo año que me quedo con las enormes ganas de tomar el curso de poesía infantil por no poder hacerlo en diciembre.
    Me gustaría conocer las fechas de este otro curso: Volver a leer con ojos de infancia. Me llegó el libro Versos como una casa. Hermoso. Agradezco la información.
    Liana Fornier De Serres

    Responder

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